La promoción de los cincuenta

Ya a mediados de los años cincuenta comienzan a surgir jóvenes poetas que no están dispuestos a seguir por el camino de la poesía social. A estos poetas se les conoce con varios títulos, la Generación de los sesenta, La promoción de los cincuenta o La generación de medio siglo. Independiente de cómo se les llame, el grupo lo integraron de manera destacada: Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Manuel Caballero Bonald  o Francisco Brines.  No formaron una generación propiamente dicha, pero sí es cierto que la nueva poesía de estos autores tiene unos cuantos  rasgos comunes que son:

A) Temas:

  • La poesía se va a seguir ocupando del ser humano, pero ya no desde un perspectiva social sino personal. Se tratan los grandes problemas humanos de siempre: el amor, la soledad, el paso del tiempo… pero como una proyección desde lo personal.
  • Las experiencias y preocupaciones del poeta son el nuevo centro de interés.
  • Estos poetas han perdido por completo la esperanza de transformar el mundo por medio de la literatura, por ello se muestran escépticos y en numerosas ocasiones recurren a la ironía para expresar sus inquietudes. 

B) Forma:

  • En cuanto a la forma, se recupera el valor de la retórica y de los valores estéticos.
  • Aunque se sigue empleando un tono conversacional o el poeta, a veces incluso, dialoga consigo mismo, se hace, sin embargo, desde una  preocupación por crear un estilo personal.  Vuelven a valorar la técnica poética como mecanismo de expresión, pero como hablan al hombre y de problemas humanos, sus versos tienen una apariencia sencilla, a veces se acercan más a la prosa poética que al concepto tradicional que tenemos de la poesía.
  • Pocas veces emplean la rima; el ritmo del poema se logra con otros elementos como la  disposición de las palabras y los sonidos o la medida del verso.  

 

ANTOLOGÍA

AJENO

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

Alianza y condena (1965), de Claudio Rodriguez

  • Ángel González

 

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
                                entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar[1] tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable[2] que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto[3]
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
                     Oigo
constelaciones[4]: existes.
                        Creo en ti.
                                    Eres.
                                          Me basta).

                                                                                  Palabra sobre palabra (1965)

Inventario de los lugares propicios[5] al amor

Son pocos.

La primavera está muy prestigiada[6], pero

es mejor el verano.

Y también esas grietas[7] que el otoño

forma al interceder[8] con los domingos

en algunas ciudades

ya de por sí amarillas como plátanos.

El invierno elimina muchos sitios:

quicios[9] de puertas orientadas al norte,

orillas de los ríos,

bancos públicos.

Los contrafuertes[10] exteriores

de las viejas iglesias

dejan a veces huecos

utilizables aunque caiga nieve.

Pero desengañémonos[11]: las bajas

temperaturas y los vientos húmedos

lo dificultan todo.

Las ordenanzas[12], además, proscriben[13]

la caricia ( con exenciones[14]

para determinadas zonas epidérmicas[15]

-sin interés alguno-

en niños, perros y otros animales)

y el «no tocar, peligro de ignominia[16]»

puede leerse en miles de miradas.

¿Adónde huir, entonces?

Por todas partes ojos bizcos[17],

córneas[18] torturadas,

implacables[19] pupilas[20],

retinas[21] reticentes[22],

vigilan, desconfían, amenazan.

Queda quizá el recurso de andar solo,

de vaciar el alma de ternura

y llenarla de hastío[23] e indiferencia[24],

en este tiempo hostil[25], propicio al odio.

 

                                                                                              Tratado de urbanismo, 1967

 

  • Jaime Gil de Biedma

El juego de hacer versos

 

El juego de hacer versos

-que no es un juego- es algo
parecido en principio
al placer solitario.
Con la primera muda[26],
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.
Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
-demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos[27]
porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto[28] a halagarnos[29].
El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación[30]
y un poco de trabajo.
Aprender a pensar
en renglones[31] contados
-y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos[32]-,
tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio
que llega a emborracharnos.
Luego está el instrumento
en su punto afinado[33]:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.
Y los poemas son
un modo que adoptamos[34]
para que nos entiendan
y que nos entendamos.
Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía[35],
las noches de sus sábados.
La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.
Aunque, de cuando en cuando,
si alguna de esas noches
que las carga[36] el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,
si piensa en esta vida
que nos hace pedazos[37]
de madera podrida[38],
perdida en un naufragio[39],
la conciencia[40] le pesa
-por estar intentando
persuadirse[41] en secreto
de que aún es honrado.
El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio[42] solitario. 

Moralidades 1966

           

Contra Jaime Gil de Biedma

 

¿De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,

dejar atrás un sótano[43] más negro

que mi reputación [44]–y ya es decir-,

poner visillos[45] blancos

y tomar criada,

renunciar a la vida de bohemio,

si vienes luego tú, pelmazo[46],

embarazoso[47] huésped, memo[48] vestido con mis trajes,

zángano[49] de colmena, inútil, cacaseno[50],

con tus manos lavadas,

a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

 

Te acompañan las barras de los bares

últimos de la noche, los chulos[51], las floristas,

las calles muertas de la madrugada

y los ascensores de luz amarilla

cuando llegas, borracho,

y te paras a verte en el espejo

la cara destruida,

con ojos todavía violentos

que no quieres cerrar. Y si te increpo[52],

te ríes, me recuerdas el pasado

y dices que envejezco.

 

Podría recordarte que ya no tienes gracia.

Que tu estilo casual y que tu desenfado[53]

resultan truculentos [54]

cuando se tienen más de treinta años,

y que tu encantadora

sonrisa de muchacho soñoliento[55]

–seguro de gustar- es un resto penoso,

un intento patético[56].

Mientras que tú me miras con tus ojos

de verdadero huérfano, y me lloras

y me prometes ya no hacerlo.

 

Si no fueras tan puta!

Y si yo no supiese, hace ya tiempo,

que tú eres fuerte cuando yo soy débil

y que eres débil cuando me enfurezco…

 

De tus regresos guardo una impresión confusa

de pánico, de pena y descontento,

y la desesperanza

y la impaciencia y el resentimiento[57]

de volver a sufrir, otra vez más,

la humillación imperdonable

de la excesiva intimidad.

 

A duras penas[58] te llevaré a la cama,

como quien va al infierno

para dormir contigo.

Muriendo a cada paso de impotencia[59],

tropezando[60] con muebles

a tientas[61] cruzaremos el piso

torpemente abrazados, vacilando[62]

de alcohol y de sollozos[63] reprimidos.

Oh innoble servidumbre[64] de amar seres humanos,

y la más innoble

que es amarse a sí mismo!

 

                                                                                             

Poemas póstumos, 1969



[1] desdeñar: despreciar.

[2] impalpable: que no se puede tocar.

[3] absorto: admirado.

[4] constelación: conjunto de estrellas.

[5]  propicio: favorable.

[6] prestigiado: que tiene prestigio.

[7] grieta: corte alargado que se hace en la tierra o en cualquier cuerpo sólido.

[8] interceder: hablar en favor de alguien.

[9] quicio: parte de la puerta que soporta el peso de la pared y donde encaja la hoja de la puerta.

[10]contrafuerte: pieza saliente de un muro empleado para reforzarlo.

[11] desengañarse: reconocer el engaño o el error.

[12] ordenanza: norma.

[13] proscribir: echar o expulsar del territorio.

[14] exención: libertad que alguien tiene para librarse de algún cargo u obligación.

[15] zona epidérmica: capa más externa de la piel.

[16] ignominia: ofensa , vergüenza pública.

[17] bizco: que tiene los ojos desviados.

[18] córnea: membrana transparente que se encuentra sobre el iris del ojo.

[19] implacable: que no se puede suavizar, calmar o moderar.

[20] pupila: abertura circular de color negro, está situado en el centro del iris del ojo.

[21] retina: membrana interna del ojo que recibe y envía la información al cerebro.

[22] reticente: desconfiado.

[23] hastío: aburrimiento extremo.

[24] indiferencia: estado de ánimo en el alguien no siente nada ni bueno ni malo hacia alguien o algo.

[25] hostil: enemigo.

[26] muda: acción de cambiar algo.

[27] plagiar: copiar obras ajenas diciendo que son propias.

[28] predispuesto: preparado para hacer algo.

[29] halagar: decirle a alguien  interesadamente palabras agradables.

[30] vocación: inclinación o tendencia de una persona hacia una carrera o profesión.

[31] renglón: serie de palabras escritas en una línea recta.

[32] exaltarse: dejarse dominar por  una pasión, perdiendo la moderación y la calma.

[33] afinado: instrumento preparado para dar los tonos y sonidos precisos.

[34] adoptar: tomar  una decisión.

[35] filantropía: amor al género humano.

[36] cargar: poner munición o balas en un armar

[37] hacer  pedazos:  romper en trozos.

[38] podrido: descompuesto, corrompido.

[39] naufragio: pérdida de una embarcación en el mar.

[40] conciencia: conocimiento interior del bien y del mal.

[41] persuadir: convencer.

[42] vicio: costumbre o hábito que va en contra de la virtud, la pureza o moral.

 

[43] sótano: parte subterránea de una casa.

[44] reputación: fama , prestigio.

[45] visillo: cortinilla fina y casi transparente que se coloca en la parte interior de las ventanas.

[46] pelmazo: persona muy molesta.

[47] embarazoso: molesto.

[48] memo: tonto, simple.

[49] zángano: macho de la abeja reina,  persona perezosa.

[50] cacaseno: hombre despreciable.

[51] chulo: hombre que trafica con prostitutas y vive de ellas.

[52] increpar: reprender, reñir  con dureza.

[53] desenfado: desenvoltura, naturalidad y falta de prejuicios.

[54] truculento: excesivamente cruel.

[55] soñoliento: que tiene mucho sueño.

[56] patético: que provoca sentimiento de lástima.

[57] resentimiento: enfado por algo.

[58] a duras penas: con dificultad.

[59] impotencia: falta de poder para hacer algo.

[60] tropezar: dar con los pies en algún obstáculo, perdiendo el equilibrio.

[61] a tientas: examinar al tacto lo que no se puede ver.

[62] vacilar: dudar, estar poco seguro.

[63] sollozo: respiración profunda y entrecortada que suele acompañar al llanto.

[64] servidumbre: estado de obligación de en el que se encuentra un siervo para hacer lo que otra persona quiere. 

Textos sacados de la Antología de Textos literarios II de los profesores de español en Eslovaquia

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